Lo que echo de menos en Ready Player One la película

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Aviso spoilers: en este artículo hay spoilers a casco porro, así que si no has visto la película, ni se te ocurra seguir.

Me resistía a hacer una crítica de la última película de Steven Spielberg pero desde que la ví llevo varios días rumiando muchos pensamientos sobre ella así que finalmente no he podido contenerme.

La película me ha gustado mucho, eso lo primero. Es un espectáculo visual de primera magnitud. Spielberg no es cualquiera haciendo películas, y los personajes, cuando están en Oasis y se muestran como sus avatares, son literalmente perfectos. Tienen un toque a animación por ordenador, la justa para que nos demos cuenta de que no son actores de carne y hueso, algo hecho a propósito, pero a la vez resultan visualmente emotivos, con sus gestos y miradas a la perfección.

Pero yo esperaba que Ready Player One fuera más que un espectáculo visual. Era la película en la que esperaba ver por fin una Realidad Virtual que saliera de ese lúgubre pozo en el que lo había metido Hollywood desde hacía años. La película en la que por fin la Realidad Virtual dejaba de ser la mala, la peligrosa, la dañina. Películas anteriores como Matrix, o series de TV como Sword Art Online y Marvel Agentes de Shield, nos han dejado una Realidad Virtual que causa pavor. Gente conectada a mundos virtuales que vive esclavizada, incluso sin saberlo. Eriza el cabello sólo pensarlo incluso aunque todo eso quede dentro de una fantasía imposible con la tecnología actual. Pero eso es lo de menos. El espectador moderno tiende a quedarse mucho más con lo negativo que con lo positivo cuando trata de valorar una tecnología. Sobre todo si es una tecnología novedosa que lleva muy poco implantada.

En la película Spielberg cae en el mismo error y no respeta la novela original en un punto que me parece esencial. La novela no ve el mundo de Oasis como algo negativo. Es un mundo con muchas cosas positivas. Por ejemplo, el planeta Ludus, dedicado a centros educativos, tiene la enorme ventaja para Wade, el protagonista, que es un estudiante, de que puede disfrutar de sus clases sin ser objeto de abusos y los profesores pueden dar una educación de más calidad al no tener que estar pendientes de obligar a sus alumnos a que no molesten. El software de Oasis hace todo eso por ellos. Sin embargo, el planeta Ludus, uno de los mejor descritos en la novela de Ernest Cline, no tiene ni una sóla imagen en la película.

Tampoco vemos nada de Incipio, el planeta tranquilo donde no hay más que tiendas, negocios y lugares de esparcimiento, y que normalmente es el lugar que suelen habitar los visitantes de Oasis a los que no les gustan los videojuegos. Tal y como la película describe Oasis, parecería que todo el mundo, la humanidad entera, se hubiera vuelto loca y se dedicara mañana, tarde y noche a jugar a videojuegos hiperreales dentro de Oasis, consiguiendo dinero a base de jugar. Contradice completamente lo que se cuenta en la novela. De hecho, Wade, en la novela, no obtiene dinero a base de jugar dentro de Oasis, actividad muy poco lucrativa, sino a base de dar soporte técnico a visitantes nuevos o gente que tiene problemas al usar su hardware, actividad que realiza desde dentro el propio Oasis. La tía de Wade y su novio no viven conectados todo el día. De hecho, le quitan a Wade una videoconsola vieja con el fin de revenderla para sacar dinero. En la novela da la sensación que hay un grupo de obsesos por Oasis, los gunters y otra gente adicta, que son los que suelen estar conectados permanentemente para buscar el ansiado huevo de Pascua de Halliday o porque disfrutan en exceso de Oasis, pero la gente común usa Oasis sin adicciones. Entra a Incipio, hace sus negocios allí, y desconecta. Cuando la novela termina, Wade no toma la decisión de cerrar Oasis algunos días de la semana para evitar la adicción de la gente, medida que por otra parte no lograría nada. Si se hiciera algo así hoy en día con algún juego MMO, la gente seguiría igual de enganchada, jugando más tiempo los días que el juego estuviera activo para compensar los días que no.

Da la sensación de que Spielberg ha querido resaltar los peligros de la VR, que los tiene, es cierto, pero usando como inspiración una novela que curiosamente es la primera novela en profundizar como ninguna otra en los efectos beneficiosos de la VR. Spielberg lo tenía complicado y yo lo comprendo. Condensar Oasis en dos horas de metraje era muy complicado. No sólo por la cantidad de referencias ochenteras de las que la novela se da un festín, sino por el propio Oasis. Oasis, ahora me doy cuenta, merece una serie de televisión, no una película. Pero una serie de TV que enfoque adecuadamente el problema de la VR, que no es la adicción de las personas sino los abusos fascistas de las multinacionales. La VR en manos de una empresa que busque invadir la intimidad de las personas, o que busque sangrar a los consumidores con micropagos, o que busque sobrecargar a los espectadores con publicidad, ése es el gran riesgo. No la adicción de las personas. ¿Quién tiene más culpa de la adicción al tabaco, las tabacaleras que fabrican cigarrillos con sustancias más adictivas, o los consumidores? ¿Quién tiene la culpa de la contaminación, los conductores de vehículos a combustión, o los fabricantes de automóviles que se niegan a investigar y fabricar coches sin emisiones? Detrás de todos los grandes males del mundo hay una multinacional siniestra que sólo busca el beneficio propio incluso a costa de la propia humanidad. Nada les importa con tal de lograr que sus beneficios suban sin parar.

Y los malos de Ready Player One, que eran jodidamente malos en la novela, en la película son un poco de chiste. En la novela, uno de los protagonistas muere asesinado, ahí es nada. Y Wade está a punto de serlo, eso al menos sí ha quedado reflejado. Sorrento, el villano, es sólo un mandado de unos jefazos que no salen en la novela, pero que deberían haber tenido su papel protagónico en la película. IOI, la empresa que intenta hacerse con el control de Oasis, ésa es la verdadera villana de la historia. Es decir, sus máximos ejecutivos, esos tíos encorbatados que viven a cuerpo de rey mientras el mundo vive sumido en una crisis económica galopante. ¿Nos suena todo esto de algo? De pronto Oasis (que equivale en la historia a decir “Internet”) es amenazado por una megacorporación que quiere adueñarse de ella (léase “cargarse la neutralidad de la Red”) y un grupo de jóvenes aventureros deciden dar una lección a la empresa villana. A la empresa, no a un penoso mando intermedio que tiene pinta de no enterarse de nada. Y para ello usan su mejor arma, lo mejor de hecho que existe en sus vidas: la VR. Ese es básicamente el argumento de la novela, argumento que Spielberg se ha cargado en detrimento de una bonita historia que trata de moralizar sobre el uso excesivo de la tecnología inmersiva (ya sea la VR, los videojuegos, o la TV). Siempre me ha resultado curioso cómo demonizamos una tecnología que obliga a que pases docenas de horas conectada a ella. Para leer Ready Player One he necesitado una docena de horas y nadie demoniza los libros. Hay novelas cuya lectura requiere una dedicación en tiempo muy superior a la de un videojuego, pero nadie habla nunca de adicción a la lectura. ¡Curioso!

Así pues parece inevitable que seguiremos película tras película asistiendo a una continua moralina sobre los peligros de la Realidad Virtual. “La VR es peligrosa”, recuéndenlo. Ese seguirá siendo el eslogan durante los próximos años. Motivo por el cual la VR no termina de despegar a nivel doméstico. Cuando ya empieza a tener una implantación muy fuerte en algunas empresas, los usuarios seguimos todavía esperando el Wasapp de la VR o el gestor de fotos para VR. Oculus, la empresa que empezó todo esto hace cinco años, lo intenta con Oculus Social y con Oculus Dash, pero está muy sola. Apenas nadie más se está sumando al carro. Apple sigue haciéndose la tonta, Microsoft habla muy grandilocuentemente pero luego ofrece pocas nueces que mascar, y Google sigue sólo con el rollo de los móviles pegados a la cara, pasando del mundo PC. Así no vamos a ver grandes avances en VR ni en diez años. La tecnología está ya muy madura, y más que lo va a estar con las próximas generaciones de headsets, pero el mercado importante, el de las aplicaciones, sigue estancado y sin grandes progresos. Y mientras, la VR se está ganando su catalogación como producto de nicho para el sector de los videojuegos. Muy triste.

Una pena pero me temo que el Ready Player One de Spielberg no será el Top Gun de los aviadores de la VR. ¿Quizá Ready Player Two?